29 septiembre 2005

Vuelta al cole

Ya han empezado las clases en la universidad. Bueno, eso en teoría. En la práctica aún no he ido a ninguna. No es que haya decidido dedicarme a la vida contemplativa, lo que ocurre es que la primera semana hay un poco de descontrol por las partes docente y estudiantil. Algunos no lo entenderán, pero semejante situación me hace sentirme como en casa, es como si no hubiera salido de la Complutense.

El viernes pasado fue la presentación para los estudiantes erasmus. Pocas veces me he sentido tan guiri como ese día. Y eso que no asistí a todas las actividades.

El día empezó con una charla en uno de los auditorios de la universidad. A ojo calculo que seríamos unos 250 allí metidos, y creo que todos acabamos con la misma cara de aburrimiento. Lo bueno es que nos dieron una bolsita de bienvenida con una carpeta, un par de bolis y un montón de papelotes informativos y publicitarios. Después de la comida en el comedor del Stadcampus (campus de la ciudad) nos dieron otra charla en la misma sala de antes. Ésta fue más como un mitin, porque los representantes de algunas asociaciones estudiantiles intentaban convencernos de lo fantástico y maravilloso que es pertenecer a sus gremios. De alguna manera, era un poco intimidante, porque la idea básica podría decirse que era: como no te apuntes vas a ser un asocial. Los erasmus somos un objetivo fácil, para qué engañarnos, así que la mayoría nos apuntamos a ESN (Erasmus Student Network).

La verdad es que las asociaciones de estudiantes de Amberes se lo curran bastante, porque llevan toda la semana haciendo fiestas de bienvenida y de apertura de curso. Además, si te inscribes te dan un paquete de bienvenida, compuesto por las más variopintas cosas, desde una tarjeta para el móvil a un cepillo de dientes eléctrico, pasando por sobrecitos de sopa y tenedores de plástico.

Tras el mitin había organizada una ruta guiada por el centro de la ciudad, pero ahí ya sí que no participé. Mi dosis de sensación de ovejita de rebaño ya había alcanzado sus topes. Pero me reincorporé a los actos por la tarde-noche, justo para la fiesta con banda de música.

La actuación de la banda estuvo muy bien. Tocaban una mezcla entre pasodoble y música tradicional judía, que iba acelerando el ritmo según transcurría la canción. Muy chulo. Pero lo más original llegó después, porque la banda empezó a moverse y fue guiando al grupo por la calle, hasta llegar al “bar-cuartel general” de ESN, donde siguió la fiesta.


Desde entonces ha habido fiestas todos los días. Algunos días por la noche, otros por la tarde, y otros las dos veces. Yo no he ido a todas, pero he sentido casi todas porque el meollo de la fiesta estudiantil está en mi barrio. Solo tengo que bajar a la calle o mirar por la ventana para respirar el ambiente festivo. Así que creo que merece la pena estar a 7 kilómetros de mi facultad, si luego estoy a un par de tramos de escalera de la vida social.

21 septiembre 2005

Pican, pican los mosquitos

Amberes está llena de vampiros. Yo, sin ir más lejos, tengo unos cuantos en mi habitación. El problema es que casi nunca los encuentro. Bueno, supone un problema sólo para mí. Para ellos es una suerte, porque si no ya me los habría cargado. A este paso le voy a quitar el puesto a Buffy o a Blade.
La principal diferencia entre ellos y yo son las armas. Las mías, como era de esperar con una beca tan pobre, son menos sofisticadas. Me apaño con un trapo. El primero que pille, porque como me ponga a escoger se me escapan. O con la mano, que a veces no me da tiempo ni a coger un trapo. Porque son rápidos, muy rápidos. Y, sobre todo, se camuflan muy bien. A simple vista no hay ninguno, pero… todo es apagar la luz, meterte en la cama y empezar a oír su inconfundible sonido: bsssssssss.
Ya he perdido la cuenta de los que he matado, pero cada día aparecen nuevos vampiros. Y no entiendo cómo, porque en cuanto enciendo la luz de la habitación cierro la ventana. Pero no hay manera, parece como si pudiesen atravesar las paredes.
Yo soy, en teoría, más fuerte que ellos, pero ellos son más. Así que por ahora están ganando la batalla. Tengo los brazos, las manos y la cara cual paella valenciana. Pero son heridas de guerra que sanarán. A ellos, sin embargo, les queda poco tiempo (o al menos eso espero), porque pronto empezará a hacer frío. Y ese será su final. El invierno los detendrá igual que hizo con Napoleón. Bienvenido sea el frío que mitigue mis picores y acabe con mis enemigos.

16 septiembre 2005

La lluvia nunca vuelve hacia arriba

Siete.
Las siete notas musicales.
Los siete pecados capitales.
Los siete enanitos del bosque.
Los siete días de la semana.
Los siete colores del arco iris.

Los siete kilómetros que hay entre mi casa y mi facultad.
Los siete kilómetros que recorrí ayer en bici bajo una lluvia intensa.

Ya he estrenado la bici oficialmente. Llevo casi una semana con ella, pero hasta que no te pilla un chaparrón cuando vas en la bici, no cuenta. Es como un bautizo.

Ayer cuando salí del curso intensivo de neerlandés (curso de la universidad para estudiantes erasmus) jarreaba que daba gusto. Rectifico, no me dio ningún gusto, pero la expresión es así, y no soy nadie como para cargarme de un plumazo la cultura popular española (muy marcada, por cierto, por los largos periodos de sequía). Bueno, a lo que iba, que salí de clase y me vi en la circunstancia de estar a 35 minutos de mi casa en bici y sin chubasquero (el paraguas no me hubiera servido de nada aunque lo hubiese tenido, porque no es compatible con los velocípedos). En este país es absurdo esperar a que escampe, porque lo mismo se puede tirar una semana seguida lloviendo, así que una servidora y los dos caballeros que iban conmigo en ese momento – Álvaro y Florian – nos dispusimos a emprender la marcha, armados de valor y desarmados ante la lluvia, hacia nuestros respectivos hogares (todos ellos en el centro de la ciudad).
Álvaro y yo seguimos siempre la misma ruta hacia el centro, pero Florian – compañero alemán de clase – nos dijo que conocía otro camino que, en teoría, era más corto. Si habéis seguido asiduamente mi trayectoria por estos lares, sabréis ya lo que pasa con la teoría: que falla. En otras circunstancias no me hubiera importado la prolongación del itinerario, por aquello de conocer nuevas calles, pero los días de lluvia no son mis preferidos para ir a explorar. Menos mal que el teutón es buena gente, me cae bien y no soy rencorosa, que si no hubiera pensado que nos llevaba por ahí a mala fe, para que sufriéramos en nuestras carnes mediterráneas las inclemencias del tiempo norte-europeo.

El resultado fue que tardé 45 minutos en llegar a casa (es decir, unos 10 más de lo habitual). Cuando por fin me bajé de la bici, estaba calada por completo. Tenía TODA la ropa (interior incluida) empapada. Como muestra, un botón: cuando me cambié de ropa estaba tan mojada que tuve que secarme con una toalla, igual que si hubiera acabado de salir de la ducha. Tremendo. Bueno, rectifico, no me calé por completo: no se me mojó el pelo. Conseguí esa proeza gracias a que me había enrollado el pañuelo del cuello a la cabeza, cual turbante del desierto. Me daba un aspecto algo exótico, pero dio resultado, que es lo importante.

Para evitar otro húmedo contratiempo de esta naturaleza ya me he hecho con un pantalón impermeable, de los que se llevan plegados en una bolsita y en caso de lluvia se colocan encima de la ropa normal. A partir de hoy mi chubasquero, mi pantalón impermeable y yo iremos juntos al fin del mundo, o al menos al fin del invierno.

P.D.: no estaría mal idear un trasvase Escalda-Segura para alimentar las huertas españolas, que, a fin de cuentas, son las que surten de frutas y hortalizas a los europeos…

12 septiembre 2005

Kinderkopjes

En Flandes no eres nadie sin una bici. Por eso hasta ayer yo no era nadie en esta ciudad. La bicicleta era una pieza esencial en mi proceso de integración en esta sociedad. He tardado una semana y media en conseguirla, pero por fin tengo bici.

Es algo vieja. Se podría decir que he ido a por ella al asilo. La he rescatado de las manos de la vejez y el olvido para devolverla a la vida activa. No sé con certeza de qué mano es, pero apostaría a que pasa de la tercera. Quizá hasta hayamos nacido en el mismo año…, pero, claro, los años de las bicis son como los de los perros, que pasan de 7 en 7.
Se la he comprado a un señor que tiene un taller de bicicletas. En este sitio, este afable caballero te hace las bicis a medida. En serio. Cuando le encargas una bici te pregunta la altura y si la quieres de hombre (con barra atravesada, que aún no sé para que sirve esa barra ahí, si en teoría se pueden hacer más daño que las mujeres si se dan con ella…) o de mujer (con la barra sensiblemente más baja). Es como ir al sastre, porque en cierto modo, estas bicis también están hechas a base de retales. O como tener una bici a lo Frankenstein, creada a partir de los cadáveres de otros velocípedos.


Como decía, mi bici es algo añeja, pero es útil y resistente (o al menos eso espero). Aún no está completa del todo. Le falta la pata de cabra y un candado bien grande con una cadena. Ambas cosas iré a ponérselas el miércoles, porque ayer al bicicletero del taller no le quedaban recambios. Estoy pensando en ponerle también unas alforjas en la parte trasera para cuando vaya a hacer la compra, pero dependerá de lo que cuesten (la eterna búsqueda de ofertas…).

Ya me he dado unas cuantas vueltas por la ciudad con ella, para que nos vayamos habituando la una a la otra. Pero cuando aún era peatona no había caído en la cuenta de que montar aquí en bici no es tan fácil. Cuando digo “aquí” me refiero sobre todo a mi barrio, al casco antiguo de Amberes. La dificultad radica en el trazado enrevesado y casi medieval de las calles y, sobre todo, en el empedrado. El trazado presenta un inconveniente porque hay millones de calles de un solo sentido, y yo aún no tengo muy claro si puedo ir con la bici en ambos sentidos si un coche no puede. Vamos, que me vuelvo loca mirando las señales y al final me meto por donde más me parece, a riesgo de provocar un accidente.
La segunda dificultad es el adoquinado del ochenta por ciento de las calles. Son unos pedruscos enormes y no siempre están todo lo juntitos que sería deseable. Eso provoca que al rodar a la bici le entre un tembleque como el de las cintas anticelulíticas que anuncian en la teletienda. Los adoquines transfieren a las ciudades un encanto histórico, pero no son prácticos para rodar sobre ellos, y menos sobre los de aquí, que además son un poco macabros. A simple vista son como los demás, pero seguro que hay algo rancio detrás… El otro día aprendí que en Flandes los adoquines se llaman “kinderkopjes”, es decir, cabecitas de niño. Y ahí cada uno que saque sus conclusiones…
Pero esto no es todo, hay un tercer factor a tener en cuenta si montas en bici en Amberes. Y es que no sólo tienes que estar atenta a los coches, las señales y los semáforos. También tienes que interactuar con los tranvías y con sus raíles. Si un coche va a pasar junto a una bici se puede apartar un poco, pero un tranvía lo tiene algo más complicado… Y los raíles son otra historia, porque las ruedas de las bicicletas clásicas son bastante finas y si te despistas se cuelan por la ranura del raíl, y puedes acabar besando las “kinderkopjes”.
Por todo esto, creo que a los estudiantes erasmus no sólo nos deberían dar un cursillo intensivo de neerlandés al llegar a Flandes, sino también uno de seguridad vial sobre dos ruedas.

10 septiembre 2005

De compras en la morería

Las becas erasmus son famosas por muchas cosas, pero no precisamente por su generosidad económica. Por si alguno no sabe exactamente a cuanto asciende esta beca, puede que le asuste leer lo siguiente: al mes te dan 90 tristes euros (al menos en la Universidad Complutense de Madrid). Este año Caja Madrid ha sacado unas ayudas adicionales de 500€ al mes - y ahí ya estamos hablando de cantidades razonables -, pero son solo para unos pocos (no voy a decir “unos pocos privilegiados”, porque los beneficiarios son precisamente los que más las necesitan). Los que no somos ricos, pero tampoco hemos obtenido la ayuda extra de Caja Madrid - la gran mayoría de los estudiantes erasmus de España -, tenemos que apañarnos con la vergonzosa cantidad de 90€ al mes. Es triste pero es verdad.
A esta circunstancia hay que añadir otra que ya he comentado con anterioridad: el límite de 20kg de equipaje para facturar. Si combinamos ambas situaciones obtenemos una característica casi aplicable a todo estudiante erasmus, es decir, la infatigable búsqueda de ofertas. Y es que llegar de nuevas a un país no es barato. Hay un montón de cosas que no te puedes traer en la maleta. Por ejemplo, una sartén, un edredón o, en mi caso concreto, una bicicleta.

Después de la tormenta siempre llega la calma y yo, como buena erasmus, una vez superada “la odisea del espacio”, también he tenido que hacer frente a esa lista casi interminable de gastos necesarios: un edredón para la cama, una almohada, un par de platos, algunos vasos, una sartén, una cacerola, y por supuesto, comida y papel higiénico, entre otras muchas cosas. En resumen, cosas importantes para el día a día, pero que, por supuesto, no podré llevarme de vuelta a Madrid. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El inconveniente es, como ya he dicho, que después de este año todo lo que compre lo tendré que dejar aquí. La ventaja es que como solo es para un curso, no necesito que sean cosas duraderas y, por tanto, de calidad, lo que abarata el precio de forma considerable.
En España, el lugar ideal para comprar todas esas cosas son las polivalentes tiendas de chinos. En Amberes hay una gran variedad cultural y étnica pero, por increíble que parezca, apenas he visto chinos. No obstante, he encontrado el equivalente perfecto: las tiendas de los marroquíes, pakistaníes y turcos (bueno, esta enumeración de nacionalidades no tiene ninguna rigurosidad, porque no les he pedido el pasaporte, pero seguro que no voy muy desencaminada).
No muy lejos de mi casa hay una calle llena de estas tiendas, donde se puede encontrar casi cualquier cosa, desde fruta a una aspiradora, y todo a un precio más que razonable. Y lo mejor de todo es que se puede regatear un poco con algunos vendedores. Ir a hacer la compra a estos sitios tiene mucho más encanto que ir al supermercado. No me imagino al cajero del súper diciéndome que si me llevo el edredón y la almohada juntos me lo deja más barato. Eso me lo dijo un moro un poco bizco que regenta una de estas tiendecillas. Me cayó simpático y desde entonces le he comprado más cosas.
A pesar de todo, para algunas cosas de comida sigo yendo al súper, donde tienen más variedad de marcas y está todo un poco más limpio. Incluso me he hecho la tarjeta de cliente, que es como la del Día, y te dan puntos. El problema es que aún no sé como canjearlos ni para qué sirven pero, para qué lo voy a negar, así me siento más integrada y menos guiri.

03 septiembre 2005

La odisea del espacio

Cuando te conceden el erasmus, normalmente la tercera cosa que te pregunta la gente cuando se lo cuentas es dónde vas a vivir: piso compartido, residencia, familia de acogida o bajo un puente. Digo que es la tercera pregunta porque la primera suele ser: “¿Adónde te vas?”. Cuando les dices el nombre de la ciudad normalmente no saben donde está, de manera que es necesario pasar a la segunda pregunta: ¿y eso en qué país está?”.
Buscar alojamiento de forma no presencial es bastante complicadillo. La Universidad de Amberes te lo busca si tu estancia de erasmus es como máximo de 6 meses. Si se da el caso (como en el mío) de que te quedas todo el curso, ahí apáñatelas como puedas. Bueno, no estoy siendo justa. Tengo que decir que la universidad da ciertas opciones a través de su página web, donde tienen una especie de base de datos de habitaciones de alquiler (la kotweb). Esta página puede ser útil. Pero solo puede. Para ello tienen que darse una serie de condiciones. La primera, que sepas como funciona el sistema de búsqueda, que no está demasiado claro, sobre todo si no se cumple la siguiente condición: que entiendas neerlandés (porque los anuncios de habitaciones están en el idioma autóctono). Pero aunque entiendas el idioma (como en mi caso), sigue sin ser una página muy útil.
Yo abandoné el sistema del kotweb al segundo intento y empecé a buscar por mis propios medios. Encontré (bueno, miento, me pasaron [muchas gracias, Isabelle]) una página en internet de ayuda al estudiante belga: http://www.student.be/. A través de esa página encontré una habitación que tenía buena pinta, en el centro de la ciudad y a un precio muy aceptable. Me puse en contacto con el dueño, que (sorpresa) hablaba español perfectamente (está aun sin confirmar, pero sospecho que es hijo de españoles emigrados durante los años 60). Después de unos cuantos mails con información y algunas fotos de la casa llegamos a un acuerdo y decidí alquilar la habitación. Sí, ya se que es un poco arriesgado alquilar sin haber visto en persona el lugar, pero quería llegar a Amberes y tener un sitio concreto donde quedarme, aunque fuese temporal. Podría haberme ido primero a un albergue y buscar una vez aquí, que es otra opción muy respetable, pero yo me decanté por la primera.

Total, que el taxi-mercedes me dejó en la puerta de la casa. Seguí las instrucciones que me había dado el casero y llamé a un chico del segundo piso, que en teoría tenía mis llaves. Aquí volvemos de nuevo a la diferencia entre la teoría y la práctica. En teoría el anterior inquilino de mi habitación tenía que haberse marchado hacía días. Esto en parte se cumplía, porque él no estaba, pero estaban todas sus cosas, así que la teoría volvía a fallar. Y ahí estaba yo, todavía cansada de arrastrar las maletas, en medio del portal, ante una escalera superestrecha (no pasan dos personas juntas) y aún mas empinada. Y mientras agonizaba pensando en cómo iba yo a subir mis treinta y pico kilos de equipaje por ahí, mi vecino me daba la infeliz noticia. La “buena” noticia era que al día siguiente venía el chico a recoger sus trastos y que esa noche la podía pasar en otra habitación que estaba aun libre. Pensé: “bueno, después de este viaje no me importa esperar si mientras tengo una cama para descansar”. Subí a la habitación (sin maletas, solo para echar una ojeada) y, ¡sorpresa!, la cama no tenía colchón. Vaya día. Iba una detrás de otra. Aquí entraron en escena dos de mis compañeros de casa: Frederik (el que me había abierto la puerta) y Wouter. Unos santos. No sé qué habría hecho sin ellos. Frederik bajó de su habitación un colchón de espuma que tenía para los invitados y mientras, Wouter me subió las maletas (sin que yo se lo pidiese, que conste que fue iniciativa propia). Y ahí pasé la primera noche y la mayor parte del día siguiente.
La habitación quedó libre al día siguiente (miércoles 31) por la tarde-noche. En teoría ya estaba todo solucionado. Pero… ¿Qué ocurre con la teoría? Pues eso mismo. Subo a mi habitación (en la tercera planta) y me quedo a cuadros. No era ni de lejos como en la foto que yo había visto. El casero me había dicho que la habitación era de 16m cuadrados, tenía una cama con colchón, un armario, una estantería, una cajonera, una mesa y una silla. Pero lo que yo vi ahí era muy diferente: la cama no tenía colchón, no había mesa (aunque, eso sí, había dos sillas y un taburete, todo hay que decirlo), la parte trasera de la cama estaba desprendida, la estantería no era de madera sino de hierros (de las que hay en las ferreterías), el armario tenía una bisagra rota, había pelusas del tamaño de un puño y faltaban metros cuadrados. El lado positivo era que la cajonera sí estaba y que había una neverita, pero claro, la neverita no me servía de colchón…

Yo con mi cara de circunstancias y mientras, Wouter y Frederik subiéndome las maletas (de nuevo por iniciativa propia, qué majos…). Les conté lo que pasaba y entre los tres intentamos localizar al casero, pero no pudimos. Ahí fue cuando me enteré de que el dueño vive en Luxemburgo, pero viene los fines de semana a Amberes. Me angustié bastante, para qué nos vamos a engañar. Desde mi llegada a Bélgica me estaba saliendo todo al revés. Conseguimos contactar con el encargado de mantenimiento de la casa, que (sorpresa) también era español (supongo que emigrado también en los 60, como tanta y tanta gente). Gregorio, que así se llama este señor, me dijo que no me preocupase (¡qué fácil!), que al día siguiente por la mañana ya venía él a reparar lo que hiciera falta. Y mientras, yo sin colchón y con un nudo en la garganta del tamaño del peñón. Pero ahí estaban de nuevo mis dos ángeles de la guarda para subirme el colchón de la noche anterior y para hacerme compañía mientras me calmaba. Me sentía fatal y tenía ganas de pillar al dueño para soltarle todo lo que se me estaba pasando por la cabeza. Como no le podía localizar por teléfono, le mandé un mail expresándole TODA mi indignación. Eso sí, respetando las formas, que una tiene su educación. Menos de cinco minutos después de haber enviado el mail me llamó el casero al móvil y tras media hora larga de conversación me quedé más tranquila. Me dio su palabra de que todo se iba a solucionar lo antes posible y me dijo que le pidiese a Gregorio todo lo que necesitase. Y cumplió su palabra, porque al día siguiente, antes del medio día, ya tenía un colchón nuevo, una mesa nueva y la cama estaba arreglada, al igual que el armario. Además, me van a traer una estantería nueva y quizá me consigan una tele, aparte de cierta reducción del precio del alquiler por los metros cuadrados que no cuadran con lo que se había acordado.

Así que después de todo el calvario de los dos primeros días al final todo ha salido bien: tengo una habitación barata, luminosa, con internet de banda ancha y cada vez más completa, en el corazón de la ciudad (justo en el barrio universitario), tengo unos compañeros de casa con los que sé que puedo contar en caso de problemas y poco a poco me voy sintiendo como en mi propia casa, que en definitiva es de lo que se trata.

02 septiembre 2005

El viaje

¿Por qué los vuelos baratos son baratos? Por varias razones. Una de ellas, no la decisiva, pero si portadora de un alto valor simbólico, es que en dichos trayectos aéreos ya no te sirven la famosa bandejita con la comida del avión. Ohhhhhhhhhhhh. Esa bandejita, tan criticada incluso por los que no la han probado nunca (solo hay que acudir a la cultura popular para encontrar miles de chistes sobre la comida del avión), era algo mítico. En mi opinión, el catering de los vuelos ha sido injustamente criticado. Bien es cierto que a veces (sobre todo en compañías británicas) te ponían un trocito de queso que recordaba demasiado a una goma de borrar, pero tenía su encanto. Al menos hacía el viaje un poco más ameno.
Otra de las razones es que aprovechan el espacio al máximo. Si pueden meter 3 asientos donde en un vuelo normal caben 2, lo hacen. ¿Que da la casualidad de que soy alta? ¿Que no me caben bien las piernas? Se siente… haber aprendido contorsionismo. Vamos, que llega a ser el vuelo un poco más largo y lo que me ahorro en el billete me lo tengo que gastar en el fisioterapeuta.

Si las dos horas de avión de Madrid a Bruselas pasaron por mis huesos sin pena ni gloria, la hora escasa en tren de Bruselas a Amberes me dejó totalmente K.O. Yo, que me paso media vida en los vagones el metro, me vi sudando la gota gorda para hacer un simple transbordo. Pero, claro, es que aquí entran en juego múltiples factores. Y es que cuando yo voy de mi casa a la Complutense todos los días no voy cargada con una maleta de proporciones considerables, dos mochilas y un bolso (con un peso total de unos 36 kilos). Pero volvamos a Bélgica, que es donde me muevo ahora.
Llegar a la estación del tren desde el aeropuerto fue fácil, subir las maletas al vagón no lo fue. Es curioso, pero en un viaje con diferentes transportes, también se practican diferentes modalidades de ejercicios. Si en el avión se premiaba la flexibilidad, en el tren lo que cuenta es la fuerza física. Pero como ya dice el refrán, más vale maña que fuerza, aunque personalmente creo que si se combinan las dos, mejor que mejor, sobre todo en este caso. Si tenemos en cuenta que los vagones están a una altura unos 30cm superior al nivel del suelo del andén y separados ambos unos 20cm (todos los datos son a ojo, no tienen ninguna rigurosidad científica), no es moco de pavo subir los 38 kilitos del equipaje (sin perder ningún bulto de vista, que no me fío ni de mi sombra en los transportes públicos) e introducirlos por una puerta por la que casi no me cabía la maleta. No sería honesto echarle toda la culpa a la estructura del tren. Parte de la culpa la tuve yo, que soy un poquito atravesada, por ponerme justo en una de las puertas que no son dobles, pero era la que me pillaba más a mano. Si tengo que ir a donde estaba la doble lo mismo se me escapaba el tren. Además, las puertas dobles tenían una barra justo a la mitad, así que la situación hubiera sido más o menos del mismo estilo.
Subo al vagón, me aproximo a los asientos cuestionándome al mismo tiempo dónde voy a poner mi carga sin entorpecer el paso por completo a los demás viajeros. En esto estaba yo cuando a mi espalda oigo una voz masculina en español que se ofrece a ayudarme a subir la maleta al portaequipajes que hay sobre los asientos. Me doy la vuelta y veo a un chico más o menos de mi edad que me pregunta si voy de erasmus y me dice que él también está de erasmus pero que lleva aquí ya unos días. El amable muchacho (que para aplacar la curiosidad de ciertas personas que seguro que se lo preguntan diré que NO estaba bueno) se empeña en subir la maleta a la ya mencionada repisa, pero como era previsible, no cabía. Así que vuelta al suelo con la maleta, que se queda casi en medio del pasillo, por ausencia de otras posibilidades.
Subir las maletas al vagón costó, pero bajarlas no iba a ser menos complicado, y por la misma puerta, claro. Una vez en el andén de la estación donde tenía que hacer transbordo surge la pregunta del millón: ¿y ahora dónde voy? ¿Por qué andén pasa el tren que va a Amberes? Empiezo a buscar algún cartel o pantallita informativa, pero nada, ni un solo panel informativo. Vamos bien. En estas preocupaciones estaba yo cuando de nuevo me aborda el mismo chico de antes para ofrecer su ayuda para bajar las escaleras que llevan al pasillo a través del que se pasa de un andén a otro. Dudé un momento, porque no estaba segura de si tenía que bajar a ese pasillo o si mi tren pasaría por el andén que tenía a mi espalda. Pero como el muchacho se ponía un poco pesado (empecé a sospechar que quería ligar), al final acepté su ayuda y entre ambos bajamos las cosas. Una vez en ese pasillo, el chico se marcha a su tren correspondiente y yo descubro unas pantallas con la información de los andenes. En aquel momento la única palabra que se pasó por mi mente fue: MIERDA. No tenia que haber bajado las escaleras porque mi andén era el que estaba a mi espalda antes de bajarme. Total, que tuve que volver a subir, esta vez cargando yo sola (CUESTA ARRIBA) con todos mis kilos y con un calor sofocante (aquí también existen los días de verano). Muy amable el chico por prestarme su ayuda, pero hubiera preferido que no me la hubiese dado porque me supuso el doble de trabajo.
La operación con el segundo tren fue igual de complicada que la primera, pero tuve que permanecer de pie, porque era hora punta y el tren iba cargadito de personas (y, por supuesto, sin aire acondicionado).

Una vez en Amberes, quedaba el tramo final, llegar hasta la casa donde había alquilado la habitación. Pero como ya no tenía fuerzas para intentar perderme por las calles de la ciudad, siempre acompañada de mis bienamadas maletas, opté por la opción fácil: el taxi. Nuevo tipo de transporte y nuevo tipo de capacidad requerida, la visual: para que el taxista no me timase y empezase a dar vueltas turísticas y para mirar por el rabillo del ojo el taxímetro y hacerme una idea de lo que me iba a clavar por el paseo. En las entrañas de ese pedazo de mercedes (todos los taxis de aquí son unos pezado de mercedes…) llegué a la puerta de casa, donde me esperaba una sorpresa. Pero eso ya es otra historia.

01 septiembre 2005

Unos kilos de más (30 de Agosto)

Me encanta viajar pero odio hacer maletas, sobre todo si son para un viaje en avión. El límite de 20kg de equipaje para destinos europeos (ya que por el momento no he salido de Europa, pero dadme tiempo, que saldré…) me trae por la calle de la amargura. Lo de los 20kg está bien para la gente que sólo se va de vacaciones, pero no para mí, que me van más los viajes largos. ¿Cómo se puede condensar en 20 kilitos todo lo necesario para pasar casi un año fuera? ¡Con lo que abulta y pesa la ropa de invierno!

Lo importante es que lo intenté. Intenté que mi equipaje para facturar entrara en los límites establecidos, pero no fue posible. Era una utopía. Total, que me fui haciendo a la idea de tener que pagar sobrepeso. Y ese es otro tema. Lo de pagar sobrepeso en el aeropuerto ha dado lugar a muchas versiones. Que si te cobran 15€ el kilo, que si es menos, que si es más. Yo me temía lo peor, porque, además, no sabia exactamente cuanto pesaba mi maletón. Se supone que hay una tasa concreta, pero, como todo en esta vida, es bastante subjetiva. Todo depende del empleado que te toque. Según la empleada que me tocó a mí, cada kilo de más vale 10€. Yo llevaba 10 kilos de exceso de equipaje, así que en teoría hubiese tenido que pagar 100 eurazos. En teoría. En la práctica, mi empleada del mostrador me dijo que hacia la vista gorda con dos kilitos y “solo” me apuntaba 8 en la factura. Resignada a pagar 80€ me dirigí a la oficina de Virgin. Y allí la teoría volvió a fallar, porque la que estaba en el mostrador me dijo que me lo dejaba en 5 kilos, y luego me cobró 5€ el kilo. Para mi sorpresa y regocijo, aquello se estaba empezando a parecer más a un mercadillo que a un aeropuerto. Primero tenía que pagar 100€, que después pasaron a ser 80€ y finalmente se quedaron en 25€. Así que, a pesar de haberlo experimentado en mis propias carnes, sigo sin saber exactamente cual es la tarifa exacta para el exceso de equipaje en los aeropuertos. Si alguien lo sabe con exactitud, por favor, que me remita un comentario, que ya me pica la curiosidad.

Bienvenid@s a Una pica en Flandes, recopilación de mis aventuras y desventuras por el norte de Bélgica durante mi año Erasmus.