Las cosas de palacio... van despacio
Dos meses han tardado en cambiarme la estantería de la habitación. Sí, aquella de hierro y de estilo de ferretería que describí en uno de los primeros capítulos. Aquella de la que me quejé y la que me prometieron que me cambiarían lo antes posible. Sí, esa misma.
La estantería era una de las piezas esenciales que faltaban para culminar la transformación de mi humilde morada. Había comprado una funda para el edredón y un par de cojines, había empezado a pegar cosas en las paredes, a colocar los apuntes de la universidad en carpetas y, en definitiva, a personalizar mi habitación. Pero la estantería de hierro era mi piedra dentro del zapato
.
De forma más o menos regular e insistente empecé a enviarle mails a Manuel, el casero, para recordarle que me había prometido una estantería nueva. Si no era por contrato o por simpatía, que al menos me hiciese caso por pesada. Tras varias misivas por mi parte, por fin recibí contestación. En su mensaje, Manuel me decía que intentaría pasarse por el Ikea en cuanto pudiese a comprar mi estandarte. Obviamente era una confusión puramente léxica debida a que no habla español cada día pero, aún así, no pude evitar pensar: “no, por dios, que no me compre un estandarte, ¡que no me cabe en la habitación!”. Pero pasaron los días y no volví a tener noticias ni de la estantería ni del estandarte. Así que de nuevo adopté el método “plasta”, hasta que el en siguiente mail el casero me dijo que fuese yo misma al Ikea a elegir “el estandarte” que más me gustase y que luego le dijese el modelo y la referencia para que fuese él a comprarlo. Y allí que me fui.
La estantería era una de las piezas esenciales que faltaban para culminar la transformación de mi humilde morada. Había comprado una funda para el edredón y un par de cojines, había empezado a pegar cosas en las paredes, a colocar los apuntes de la universidad en carpetas y, en definitiva, a personalizar mi habitación. Pero la estantería de hierro era mi piedra dentro del zapato
.De forma más o menos regular e insistente empecé a enviarle mails a Manuel, el casero, para recordarle que me había prometido una estantería nueva. Si no era por contrato o por simpatía, que al menos me hiciese caso por pesada. Tras varias misivas por mi parte, por fin recibí contestación. En su mensaje, Manuel me decía que intentaría pasarse por el Ikea en cuanto pudiese a comprar mi estandarte. Obviamente era una confusión puramente léxica debida a que no habla español cada día pero, aún así, no pude evitar pensar: “no, por dios, que no me compre un estandarte, ¡que no me cabe en la habitación!”. Pero pasaron los días y no volví a tener noticias ni de la estantería ni del estandarte. Así que de nuevo adopté el método “plasta”, hasta que el en siguiente mail el casero me dijo que fuese yo misma al Ikea a elegir “el estandarte” que más me gustase y que luego le dijese el modelo y la referencia para que fuese él a comprarlo. Y allí que me fui.

Acompañada por María y Álvaro, me fui en la bici hasta el centro de peregrinación y culto de todo aquel estudiante que vive solo: el Ikea. Allí miramos, remiramos y medimos y encontramos la estantería perfecta: Billy. No encontramos ningún estandarte, pero de todas formas, no me hubiera servido de nada en mi pequeño habitáculo.
Tras enviarle al casero un correo electrónico con el modelo, referencia y precio del producto deseado, pasaron aún unas cuantas semanas antes de tener mi esperada estantería en casa. Y transcurrió otro par de semanas hasta que estuvo montada. Como yo no tenía ni un mísero destornillador, esperé, ilusamente, a que viniera Gregorio, el de mantenimiento, a montarla, que era lo que me habían prometido. Pero pasaban los días y por aquí no aparecía nadie. Y yo, mientras, con la piedra en el zapato.
Un buen día intercepté a Gregorio en la casa, cuando ya se marchaba, y en lugar de pedirle que me montara la estantería le pedí directamente un destornillador y un martillo para armarla yo misma. Y así lo hice. Y también así me saqué la espinita de no haber podido arreglar sola mi bici. Ya sé que como mecánica no me podría ganar la vida, pero como carpintera a lo mejor…
La otra pieza esencial en el puzzle de mi habitación era acabar con la alopecia que sufrían mis paredes. Ahora mis muros lucen simpáticas fotos, postales, recortes de revistas, y el complemento estrella: dos posters de Nijntje que me compré la semana pasada en una feria de libros infantiles.Se ha cerrado un ciclo. Ya sí que estoy en casa.




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