02 septiembre 2005

El viaje

¿Por qué los vuelos baratos son baratos? Por varias razones. Una de ellas, no la decisiva, pero si portadora de un alto valor simbólico, es que en dichos trayectos aéreos ya no te sirven la famosa bandejita con la comida del avión. Ohhhhhhhhhhhh. Esa bandejita, tan criticada incluso por los que no la han probado nunca (solo hay que acudir a la cultura popular para encontrar miles de chistes sobre la comida del avión), era algo mítico. En mi opinión, el catering de los vuelos ha sido injustamente criticado. Bien es cierto que a veces (sobre todo en compañías británicas) te ponían un trocito de queso que recordaba demasiado a una goma de borrar, pero tenía su encanto. Al menos hacía el viaje un poco más ameno.
Otra de las razones es que aprovechan el espacio al máximo. Si pueden meter 3 asientos donde en un vuelo normal caben 2, lo hacen. ¿Que da la casualidad de que soy alta? ¿Que no me caben bien las piernas? Se siente… haber aprendido contorsionismo. Vamos, que llega a ser el vuelo un poco más largo y lo que me ahorro en el billete me lo tengo que gastar en el fisioterapeuta.

Si las dos horas de avión de Madrid a Bruselas pasaron por mis huesos sin pena ni gloria, la hora escasa en tren de Bruselas a Amberes me dejó totalmente K.O. Yo, que me paso media vida en los vagones el metro, me vi sudando la gota gorda para hacer un simple transbordo. Pero, claro, es que aquí entran en juego múltiples factores. Y es que cuando yo voy de mi casa a la Complutense todos los días no voy cargada con una maleta de proporciones considerables, dos mochilas y un bolso (con un peso total de unos 36 kilos). Pero volvamos a Bélgica, que es donde me muevo ahora.
Llegar a la estación del tren desde el aeropuerto fue fácil, subir las maletas al vagón no lo fue. Es curioso, pero en un viaje con diferentes transportes, también se practican diferentes modalidades de ejercicios. Si en el avión se premiaba la flexibilidad, en el tren lo que cuenta es la fuerza física. Pero como ya dice el refrán, más vale maña que fuerza, aunque personalmente creo que si se combinan las dos, mejor que mejor, sobre todo en este caso. Si tenemos en cuenta que los vagones están a una altura unos 30cm superior al nivel del suelo del andén y separados ambos unos 20cm (todos los datos son a ojo, no tienen ninguna rigurosidad científica), no es moco de pavo subir los 38 kilitos del equipaje (sin perder ningún bulto de vista, que no me fío ni de mi sombra en los transportes públicos) e introducirlos por una puerta por la que casi no me cabía la maleta. No sería honesto echarle toda la culpa a la estructura del tren. Parte de la culpa la tuve yo, que soy un poquito atravesada, por ponerme justo en una de las puertas que no son dobles, pero era la que me pillaba más a mano. Si tengo que ir a donde estaba la doble lo mismo se me escapaba el tren. Además, las puertas dobles tenían una barra justo a la mitad, así que la situación hubiera sido más o menos del mismo estilo.
Subo al vagón, me aproximo a los asientos cuestionándome al mismo tiempo dónde voy a poner mi carga sin entorpecer el paso por completo a los demás viajeros. En esto estaba yo cuando a mi espalda oigo una voz masculina en español que se ofrece a ayudarme a subir la maleta al portaequipajes que hay sobre los asientos. Me doy la vuelta y veo a un chico más o menos de mi edad que me pregunta si voy de erasmus y me dice que él también está de erasmus pero que lleva aquí ya unos días. El amable muchacho (que para aplacar la curiosidad de ciertas personas que seguro que se lo preguntan diré que NO estaba bueno) se empeña en subir la maleta a la ya mencionada repisa, pero como era previsible, no cabía. Así que vuelta al suelo con la maleta, que se queda casi en medio del pasillo, por ausencia de otras posibilidades.
Subir las maletas al vagón costó, pero bajarlas no iba a ser menos complicado, y por la misma puerta, claro. Una vez en el andén de la estación donde tenía que hacer transbordo surge la pregunta del millón: ¿y ahora dónde voy? ¿Por qué andén pasa el tren que va a Amberes? Empiezo a buscar algún cartel o pantallita informativa, pero nada, ni un solo panel informativo. Vamos bien. En estas preocupaciones estaba yo cuando de nuevo me aborda el mismo chico de antes para ofrecer su ayuda para bajar las escaleras que llevan al pasillo a través del que se pasa de un andén a otro. Dudé un momento, porque no estaba segura de si tenía que bajar a ese pasillo o si mi tren pasaría por el andén que tenía a mi espalda. Pero como el muchacho se ponía un poco pesado (empecé a sospechar que quería ligar), al final acepté su ayuda y entre ambos bajamos las cosas. Una vez en ese pasillo, el chico se marcha a su tren correspondiente y yo descubro unas pantallas con la información de los andenes. En aquel momento la única palabra que se pasó por mi mente fue: MIERDA. No tenia que haber bajado las escaleras porque mi andén era el que estaba a mi espalda antes de bajarme. Total, que tuve que volver a subir, esta vez cargando yo sola (CUESTA ARRIBA) con todos mis kilos y con un calor sofocante (aquí también existen los días de verano). Muy amable el chico por prestarme su ayuda, pero hubiera preferido que no me la hubiese dado porque me supuso el doble de trabajo.
La operación con el segundo tren fue igual de complicada que la primera, pero tuve que permanecer de pie, porque era hora punta y el tren iba cargadito de personas (y, por supuesto, sin aire acondicionado).

Una vez en Amberes, quedaba el tramo final, llegar hasta la casa donde había alquilado la habitación. Pero como ya no tenía fuerzas para intentar perderme por las calles de la ciudad, siempre acompañada de mis bienamadas maletas, opté por la opción fácil: el taxi. Nuevo tipo de transporte y nuevo tipo de capacidad requerida, la visual: para que el taxista no me timase y empezase a dar vueltas turísticas y para mirar por el rabillo del ojo el taxímetro y hacerme una idea de lo que me iba a clavar por el paseo. En las entrañas de ese pedazo de mercedes (todos los taxis de aquí son unos pezado de mercedes…) llegué a la puerta de casa, donde me esperaba una sorpresa. Pero eso ya es otra historia.

4 Comments:

At 02 septiembre, 2005 03:24, Anonymous Anónimo said...

con sus mas y sus menos... pero me has recordado tanto mi llegada a Utrecht... uffffffff... en fin, q me he reido leyendote, y si no tienes sitio en paramount comedy.. al menos aqui me reire con tus aventuras... un besote peke!

Iván

 
At 02 septiembre, 2005 09:13, Blogger Alfonso Vigo said...

Ala, como a la mejor serie de televisión ya estoy enganchado a "Una pic aen flandes". Por el nuevo capítulo veo que no me va a decepcionar.
Por cierto, en los viajes de Iberia de alto coste TAMPOCO dan bandejita y TAMBIEN hay que ser un poco contorsionista.

 
At 02 septiembre, 2005 19:07, Anonymous Anónimo said...

diosss voy a morir cuando tenga q pasar x tantos trenes con la maleta a cuestas...pero bue me beneficiare de tu experiencia y mirare en el anden de al lado antes de bajar ninguna escalera jeje
y con la habitacion q paso?' me tienes intrigada ...teniendo en cuenta q no volvi a tener ningun tipo de noticias del tal manuel o manolo..q hizo desmonto el kot?? jeje
bueno mucha suerte con todo

 
At 03 septiembre, 2005 01:11, Anonymous Anónimo said...

Jeje, muy bueno el detalle acerca del físico del samaritano, que ya te veo ahorrándole preguntas a Mery! xD

Y bueno, lo mejor de los vuelos es que te pierdan la maleta, o ver cómo la lanzan desde el avión directa para facturación, como un saco patatas (blindadas, claro está).

 

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