27 noviembre 2005

¡¡¡¡¡¡NOS MUDAMOS!!!!!

HOLA A TODOS:

NOTICIA DE ULTIMA HORA!

ESTE HUMILDE BLOJ SE MUDA!

SI TENIAS PUESTO UN ENLACE DESDE TU PÁGINA HASTA AQUÍ, CÁMBIALO A LA DIRECCIÓN NUEVA :-)

A PARTIR DE HOY LA NUEVA DIRECCION ES:

www.picaenflandes.be

ESPERO QUE OS GUSTE EL CAMBIO.

UN CORDIAL ACHUCHÓN DESDE FLANDES,
MARTA





23 noviembre 2005

"Limpia, fija y da esplendor"

El lunes estuve en una conferencia. Pero no de camarera como en las anteriores. A esta fui como asistente, que no te pagan en metálico, sino en conocimiento. No tenía invitación ni me había apuntado en ningún sitio como asistente, y casi llego tarde, pero me colé igual. En estas situaciones, o le echas morro o no haces na.

Me enteré de la conferencia gracias a Fee y a Lok Ming, dos chicas belgas súper simpáticas que están estudiando filología hispánica y con las que hago intercambio neerlandés-español. Estuve comiendo con ellas el lunes al medio día y me contaron que tenían que ir a una conferencia por la tarde para hacer un trabajo para clase. Me dijeron que me fuese con ellas, que la conferencia era en español y que estaban invitados los Duques de Soria (la hermana del rey Juancar y el marido de ésta). Yo no soy monárquica, pero me picaba la curiosidad por ver si la Infanta Margarita tenia tanto garbo y soltura hablando como el rey. Además, la cosa iba sobre la Fundación Duques de Soria, y claro, si era de Soria no podía dejar de ir, aunque sólo fuera para contárselo después a mi madre (que es soriana con orgullo).

Yo no tenía mucha idea de qué iban a hablar en la conferencia, pero no tenía mucho que hacer esa tarde y pensé que podía ser interesante. Y vaya si lo fue. Para mi grata sorpresa, uno de los oradores era el director de la Real Academia de la lengua Española, don Víctor García de la Concha. Su parte de la ponencia fue, con diferencia, la más interesante. Estuvo hablando del nuevo retoño de la RAE, el Diccionario Panhispánico de Dudas, y dio un repaso a la historia de la Academia y del proyecto en sí, pero desde siglos atrás. Qué manera de hablar,… Qué entusiasmo le ponía,… Qué vocabulario tan rico. Daba gusto oírle. Quizá usaba demasiados cultismos como para que los estudiantes belgas presentes pudieran entenderle bien, pero bueno, como no era mi caso, yo estaba encantada.

Por allí también andaba el rector de la Universidad de Amberes, que desde la mesa de presidencia ponía cara de estar muy interesado en el tema, pero, para mí, que no se estaba enterando de nada. Yo creo que la gente que ocupa cargos de ese tipo ya está acostumbrada a ir a muchos actos en esa circunstancia y desarrollan la capacidad de parecer absortos en el tema, pero en realidad están pensando en lo que van a hacer en el fin de semana.

La nota solemne según el 99% de los asistentes, pero la cómica según mi punto de vista, fue el discurso de doña Margarita de Borbón. A diferencia de los demás conferenciantes, que se levantaron y hablaron desde el estrado, ella leyó su discurso sentadita y desde la mesa de presidencia. Mejor así, no se fuera a caer o le fuera a dar un yuyu, porque no se la veía con mucha energía. A mi me recordaba mucho a su madre, la que tocaba el violín… Qué angustia oírla leer. Labia borbónica cien por cien. Se atascaba cada dos por tres y a veces parecía que se le iba a acabar la batería en cualquier momento. Cuando acabó el público le dedicó un sonado aplauso, quizá por haber logrado acabar el discurso, pero, sobre todo, porque al final la infanta nos sorprendió a todos con un “gracias por su atención” en neerlandés, y eso a los belgas les toca la fibra sensible. Al señor que estaba sentado a mi lado incluso se le escapó una lagrimita. En serio.

El caso opuesto al de la infanta en cuanto a oratoria fue un profesor belga de la universidad. Yo de mayor quiero ser como ese señor. Qué bien hablaba en español. El discurso lo iba leyendo, pero se notaba que lo había escrito él. Leía en español mil veces mejor que la infanta. Lo curioso es que yo a ese profesor lo conocí el domingo pasado mientras yo estaba trabajando. Él fue con un grupo de españoles (también presentes el lunes en la conferencia) a comer al Agora Caffé, y yo fui quien les sirvió la sopa. Una sopa en cuyo proceso de elaboracion yo también había colaborado. Y en cierto modo, me sentí orgullosa de mi sopa cuando le vi en el estrado dando el discurso, porque dicen que de lo que se come se cría.

19 noviembre 2005

Barra libre

El jueves estuve en una fiesta de antiguos alumnos de la Universidad de Amberes. Qué cosas tiene la vida… llevo aquí dos meses y medio y ya voy a fiestas de antiguos alumnos, y eso que ni siquiera he terminado la carrera. Y no os creáis que por no conocer a nadie me dejaban de lado. No, para nada. Cada vez que me acercaba a un grupo de personas era recibida con una sonrisa, e incluso a veces algunas personas intentaban llamar mi atención para que me acercase a ellos.

Sin embargo, creo que su simpatía era interesada. Sí, es triste pero me temo que es cierto. Tengo la impresión de que el hecho de que yo fuese una de las camareras encargadas de las bebidas influyó mucho. Además, mi tema de conversación con los asistentes era muy limitado: ¿vino blanco o tinto? Pero, interesadas o no, las sonrisas y las palabras amables me las dedicaban igual.

Y es que es curioso como se suaviza el carácter de la gente cuando hay barra libre de vino y cerveza (cómo no, en un país con más de 250 tipos diferentes del llamado “oro líquido”). Bueno, se suaviza al principio, luego ya, cuando cogen confianza la cosa cambia. Cuando les ofreces la primera copa se sorprenden: ¿Sí?, ¿para mí? Después, si por casualidad, al pasar por su lado no les vuelves a ofrecer la reacción a veces pasa a ser: Oye, perdona, que a mi no me has ofrecido.

A lo largo de la fiesta, el camarer@ va reconociendo a los “clientes fijos”. Aquellas personas que siempre aceptan que les rellenes la copa, ya sea la cuarta, o la quinta o la sexta que se toman. Y esos son los más amables de todos. Incluso a veces, en el caso de que también se incluyan aperitivos en la bandeja, intentan trabar conversación contigo para que te quedes más tiempo y puedan coger más cosas.

Algunos yo creo que ya son profesionales de las recepciones con catering gratis. He trabajado ya en unas cuantas, y hay algunas caras que ya me suenan. ¿Profesores de universidad que asisten a muchas conferencias, conciertos y reuniones porque son muy intelectuales o porque son fijos a la barra libre y los aperitivos? Habría que hacer un estudio de campo más detallado al respecto para comprobarlo, pero no sé yo si mi tesis andaría muy desencaminada…

La de comportamientos sociológicos que se aprenden llevando una bandeja… Observando a la gente, cuando ellos están relajados y creen que nadie se fija en ellos. Pero no sólo en las recepciones. En el trabajo en general, estoy aprendiendo bastantes cosas. Además de practicar idiomas y aprender geografía con los compañeros, me enseñan a cocinar algunos platos nuevos para mí, aunque por ahora son sólo cosas simples. Toda una experiencia en todos los sentidos. Después de este año, aparte de salir políglota, podré decir eso de que “he sido camarera antes que frail@”.

14 noviembre 2005

UNO, TWEE, THREE, QUATRE,…


Durante este curso en Bélgica me pueden pasar dos cosas: una, que me vuelva políglota, y dos, que me vuelva loca. Por mi propio bien, espero que sea la primera.

Mi vida social aquí es un batiburrillo de idiomas. Hay días en los que puedo llegar a tener un cacao de cuatro o cinco idiomas al mismo tiempo en la cabeza. Y eso es para volver loco a cualquiera. Pongamos algunos ejemplos:

Mi lengua materna, como se puede observar, es el español, y en este idioma me comunico con los otros españoles que hay por aquí.

Con mis compañeros de clase hablo en neerlandés (también llamado holandés). La variedad del neerlandés que se habla en el norte de Bélgica es lo que se llama flamenco, o “vlaams”. Aquí me dicen que tengo acento holandés hablándolo, y en Holanda me dicen que tengo acento español. Y según de la parte de España que proceda el que me escuche me dirá que tengo acento de Madrid o no. En fin, cada uno que elija la opción que más le guste.

Con la mayoría de los otros estudiantes erasmus tengo que hablar en inglés, porque hay muy pocos que hablen neerlandés. Y claro, cuando hay alguno perteneciente a los ejemplos anteriores, pero también alguien que no hable neerlandés, lo más frecuente es que la lengua franca sea el inglés, para que nos entendamos todos.

Después está el francés. Hay días en los que me arrepiento de no haber puesto más atención en las clases de francés de instituto. Di tres años de francés allá en mi adolescencia, pero pasaron por mi mente sin pena ni gloria. Aprobé, sí, y además con buenas notas, pero era todo un espejismo. Pero ahora me digo: “aissss… ¿por qué no estudié más?”. Me lo digo sobre todo cada vez que intento comunicarme con Audrey, compañera camerunesa del trabajo. Que creo que no lo había dicho, pero he encontrado un trabajillo, pero esto lo cuento después, porque ahora no viene a cuento. Bueno, a lo que iba, que Audrey no entiende ni español, ni inglés ni neerlandés. Sólo habla francés y el idioma que hablan en Camerún. Y es muy maja y me río un montón con ella, pero como mi francés es paupérrimo, tenemos algunos problemillas de comunicación. Así que la mayoría de las veces acabamos hablando por signos o echándole imaginación.

El último idioma en discordia es el árabe. Si, el árabe. Para los que no lo sabían, he hecho hasta segundo de la escuela de idiomas de árabe, y ambos cursos aprobados con buena nota. Pero, ¡ay!, eso no significa que lo hable… y menos aún que lo entienda. Tengo un par de compañeros en el trabajo que hablan árabe: un chico de Egipto y una chica de Sudán. Y a los dos los tengo fritos. Yo, con toda mi ilusión, cada vez que hablo con ellos intento decir algo en árabe, aunque sea en mitad de una frase en otro idioma, pero la cuestión es intentarlo. Ellos me sonríen y me dicen que lo hago muy bien, pero empiezo a sospechar que lo dicen por pena, para que no me deprima. Además, es normal que les sorprenda mi interés y mi chapurreo, cuando por aquí (y por España) muy poca gente que no tenga alguna vinculación con algún país arabófono se interesa por la lengua.

Recapitulemos. Tenemos: español, neerlandés, inglés, francés y árabe. Ah, bueno, y podemos sumar a la lista el italiano, que no lo hablo, pero con la cantidad de italianos que me encuentro por aquí, más o menos me entero cuando hablan. ¿Cuántos idiomas van? ¿Seis? Pues hay días en los que tengo que lidiar con las seis leguas a la vez, y cambiar el chip de una a otra lo más rápidamente posible. Pero no siempre es posible… Hay veces, muchas por desgracia, que los mezclo todos y hago frases con palabras de tres idiomas diferentes. Sí, es triste (aparte de muy cómico) pero es cierto. Por eso digo que a este paso me voy a volver loca. Por suerte, noto una ligera mejoría. Cuando llegué, hace algo más de dos meses, me costaba una barbaridad cambiar de un idioma a otro. Ahora me cuesta, pero menos. Algo es algo.

Antes de que se me olvide, voy a contar lo del trabajo, así de forma resumidilla, para no cansar a los valientes que hayan logrado leer hasta aquí sin dormirse. Es un trabajo esporádico y de horas sueltas en el Agora Caffe, que es la cafetería del campus de la universidad que está al lado de mi casa. A veces toca trabajar en la cocina y otras veces de camarera en el catering para conferencias o conciertos. La plantilla del Agora la componen sobre todo estudiantes extranjeros, por eso lo que he contado antes del lío de idiomas en el trabajo. Es dinero negro, sí, vale. Pero es dinero, y a estas alturas de la experiencia intercultural no nos vamos a poner a discutir prejuicios raciales. En el dinero, como en las personas, no importa el color. O al menos a mi no me importa.

Y ya no me explayo más hablando del trabajo, porque de ahí podría sacar otro capítulo entero, pero eso lo dejo para otro día.

11 noviembre 2005

Las cosas de palacio... van despacio

Dos meses han tardado en cambiarme la estantería de la habitación. Sí, aquella de hierro y de estilo de ferretería que describí en uno de los primeros capítulos. Aquella de la que me quejé y la que me prometieron que me cambiarían lo antes posible. Sí, esa misma.

La estantería era una de las piezas esenciales que faltaban para culminar la transformación de mi humilde morada. Había comprado una funda para el edredón y un par de cojines, había empezado a pegar cosas en las paredes, a colocar los apuntes de la universidad en carpetas y, en definitiva, a personalizar mi habitación. Pero la estantería de hierro era mi piedra dentro del zapato.
De forma más o menos regular e insistente empecé a enviarle mails a Manuel, el casero, para recordarle que me había prometido una estantería nueva. Si no era por contrato o por simpatía, que al menos me hiciese caso por pesada. Tras varias misivas por mi parte, por fin recibí contestación. En su mensaje, Manuel me decía que intentaría pasarse por el Ikea en cuanto pudiese a comprar mi estandarte. Obviamente era una confusión puramente léxica debida a que no habla español cada día pero, aún así, no pude evitar pensar: “no, por dios, que no me compre un estandarte, ¡que no me cabe en la habitación!”. Pero pasaron los días y no volví a tener noticias ni de la estantería ni del estandarte. Así que de nuevo adopté el método “plasta”, hasta que el en siguiente mail el casero me dijo que fuese yo misma al Ikea a elegir “el estandarte” que más me gustase y que luego le dijese el modelo y la referencia para que fuese él a comprarlo. Y allí que me fui.

Acompañada por María y Álvaro, me fui en la bici hasta el centro de peregrinación y culto de todo aquel estudiante que vive solo: el Ikea. Allí miramos, remiramos y medimos y encontramos la estantería perfecta: Billy. No encontramos ningún estandarte, pero de todas formas, no me hubiera servido de nada en mi pequeño habitáculo.
Tras enviarle al casero un correo electrónico con el modelo, referencia y precio del producto deseado, pasaron aún unas cuantas semanas antes de tener mi esperada estantería en casa. Y transcurrió otro par de semanas hasta que estuvo montada. Como yo no tenía ni un mísero destornillador, esperé, ilusamente, a que viniera Gregorio, el de mantenimiento, a montarla, que era lo que me habían prometido. Pero pasaban los días y por aquí no aparecía nadie. Y yo, mientras, con la piedra en el zapato.

Un buen día intercepté a Gregorio en la casa, cuando ya se marchaba, y en lugar de pedirle que me montara la estantería le pedí directamente un destornillador y un martillo para armarla yo misma. Y así lo hice. Y también así me saqué la espinita de no haber podido arreglar sola mi bici. Ya sé que como mecánica no me podría ganar la vida, pero como carpintera a lo mejor…

La otra pieza esencial en el puzzle de mi habitación era acabar con la alopecia que sufrían mis paredes. Ahora mis muros lucen simpáticas fotos, postales, recortes de revistas, y el complemento estrella: dos posters de Nijntje que me compré la semana pasada en una feria de libros infantiles.

Se ha cerrado un ciclo. Ya sí que estoy en casa.

01 noviembre 2005

Comunicado oficial


Me llena de orgullo y satisfacción anunciar la total recuperación de mi bicicleta.

La enferma número dos fue sometida a una nueva intervención, en la tarde del sábado 29 de octubre, que concluyó con éxito. El feliz desenlace fue posible gracias al empleo de las herramientas adecuadas (kit de reparación recién comprado) y a la ayuda del equipo médico neerlandés presente en la intervención.

Por último me gustaría agradecer a los lectores, en nombre de las dos, las muestras de apoyo y preocupación recibidas acerca del estado de salud de mi bicicleta.

Reciban un cordial achuchón desde Flandes.

Marta y la bicicleta