Durante este curso en Bélgica me pueden pasar dos cosas: una, que me vuelva políglota, y dos, que me vuelva loca. Por mi propio bien, espero que sea la primera.
Mi vida social aquí es un batiburrillo de idiomas. Hay días en los que puedo llegar a tener un cacao de cuatro o cinco idiomas al mismo tiempo en la cabeza. Y eso es para volver loco a cualquiera. Pongamos algunos ejemplos:
Mi lengua materna, como se puede observar, es el español, y en este idioma me comunico con los otros españoles que hay por aquí.
Con mis compañeros de clase hablo en neerlandés (también llamado holandés). La variedad del neerlandés que se habla en el norte de Bélgica es lo que se llama flamenco, o “vlaams”. Aquí me dicen que tengo acento holandés hablándolo, y en Holanda me dicen que tengo acento español. Y según de la parte de España que proceda el que me escuche me dirá que tengo acento de Madrid o no. En fin, cada uno que elija la opción que más le guste.
Con la mayoría de los otros estudiantes erasmus tengo que hablar en inglés, porque hay muy pocos que hablen neerlandés. Y claro, cuando hay alguno perteneciente a los ejemplos anteriores, pero también alguien que no hable neerlandés, lo más frecuente es que la lengua franca sea el inglés, para que nos entendamos todos.
Después está el francés. Hay días en los que me arrepiento de no haber puesto más atención en las clases de francés de instituto. Di tres años de francés allá en mi adolescencia, pero pasaron por mi mente sin pena ni gloria. Aprobé, sí, y además con buenas notas, pero era todo un espejismo. Pero ahora me digo: “aissss… ¿por qué no estudié más?”. Me lo digo sobre todo cada vez que intento comunicarme con Audrey, compañera camerunesa del trabajo. Que creo que no lo había dicho, pero he encontrado un trabajillo, pero esto lo cuento después, porque ahora no viene a cuento. Bueno, a lo que iba, que Audrey no entiende ni español, ni inglés ni neerlandés. Sólo habla francés y el idioma que hablan en Camerún. Y es muy maja y me río un montón con ella, pero como mi francés es paupérrimo, tenemos algunos problemillas de comunicación. Así que la mayoría de las veces acabamos hablando por signos o echándole imaginación.

El último idioma en discordia es el árabe. Si, el árabe. Para los que no lo sabían, he hecho hasta segundo de la escuela de idiomas de árabe, y ambos cursos aprobados con buena nota. Pero, ¡ay!, eso no significa que lo hable… y menos aún que lo entienda. Tengo un par de compañeros en el trabajo que hablan árabe: un chico de Egipto y una chica de Sudán. Y a los dos los tengo fritos. Yo, con toda mi ilusión, cada vez que hablo con ellos intento decir algo en árabe, aunque sea en mitad de una frase en otro idioma, pero la cuestión es intentarlo. Ellos me sonríen y me dicen que lo hago muy bien, pero empiezo a sospechar que lo dicen por pena, para que no me deprima. Además, es normal que les sorprenda mi interés y mi chapurreo, cuando por aquí (y por España) muy poca gente que no tenga alguna vinculación con algún país arabófono se interesa por la lengua.

Recapitulemos. Tenemos: español, neerlandés, inglés, francés y árabe. Ah, bueno, y podemos sumar a la lista el italiano, que no lo hablo, pero con la cantidad de italianos que me encuentro por aquí, más o menos me entero cuando hablan. ¿Cuántos idiomas van? ¿Seis? Pues hay días en los que tengo que lidiar con las seis leguas a la vez, y cambiar el chip de una a otra lo más rápidamente posible. Pero no siempre es posible… Hay veces, muchas por desgracia, que los mezclo todos y hago frases con palabras de tres idiomas diferentes. Sí, es triste (aparte de muy cómico) pero es cierto. Por eso digo que a este paso me voy a volver loca. Por suerte, noto una ligera mejoría. Cuando llegué, hace algo más de dos meses, me costaba una barbaridad cambiar de un idioma a otro. Ahora me cuesta, pero menos. Algo es algo.
Antes de que se me olvide, voy a contar lo del trabajo, así de forma resumidilla, para no cansar a los valientes que hayan logrado leer hasta aquí sin dormirse. Es un trabajo esporádico y de horas sueltas en el Agora Caffe, que es la cafetería del campus de la universidad que está al lado de mi casa. A veces toca trabajar en la cocina y otras veces de camarera en el catering para conferencias o conciertos. La plantilla del Agora la componen sobre todo estudiantes extranjeros, por eso lo que he contado antes del lío de idiomas en el trabajo. Es dinero negro, sí, vale. Pero es dinero, y a estas alturas de la experiencia intercultural no nos vamos a poner a discutir prejuicios raciales. En el dinero, como en las personas, no importa el color. O al menos a mi no me importa.
Y ya no me explayo más hablando del trabajo, porque de ahí podría sacar otro capítulo entero, pero eso lo dejo para otro día.